
Por: Esthela Macarena Romanos Bojorquez.
Casi siempre o, por lo menos, con frecuencia, la opinión pública es un "dato" que damos por descontado. Existe y basta. Es como si las opiniones de la opinión pública fueran, como las de Platón, ideas innatas. Opinión pública es, en primer lugar, una ubicación, una colocación: es el conjunto de opiniones que se encuentran en el público o en los públicos. Pero la noción de opinión pública es también, y sobre todo, el conjunto de opiniones generalizadas del público, opiniones endógenas, que son del público porque su sujeto real es el público. Y se denomina pública no sólo porque es del público sino también porque incluye la res publica, la cosa pública, es decir, los argumentos que son de naturaleza pública: el interés general, el bien común, los problemas colectivos.
Merece la pena subrayar que es correcto decir "opinión". Opinión es doxa, no es epistème, no es saber y ciencia; es sencillamente un "parecer", una opinión subjetiva que no necesita ser demostrada.3 Las matemáticas, por ejemplo, no son una opinión. Dicho de otra manera, una opinión no es una verdad matemática. Las opiniones son convicciones débiles y variables. Si se convierten en convicciones profundas y profundamente arraigadas, entonces se transforman en creencias (y el problema cambia).
De todo lo dicho anteriormente se deduce que es fácil desmontar la objeción de que la democracia es imposible porque el pueblo "no sabe". Dicha objeción puede ser válida respecto a la democracia directa; respecto a un demos que se autogobierna y, además, gobierna solo.
Pero la democracia representativa no se caracteriza por ser un gobierno del saber sino por ser un gobierno de la opinión, fundado en un público sentir de res publica. Lo que equivale a decir que a la democracia representativa le basta, para existir y funcionar, que el público tenga opiniones propias; y nada más, pero también precisemos nada menos.
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